Son las seis de la tarde de un soleado Lunes Santo. Túnica de ruán, de cola negra con ancho cinturón de esparto, antifaz puesto en el capirote, pies descalzos... ¡nerviosismo!
El joven cofrade de la Vera-Cruz se dispone para vestirse en uno de esos momentos mágicos, en un ritual que, como si de un reloj se tratara, se repite año tras año.
Besa su medalla y se la cuelga. Guarda su papeleta de sitio bajo el esparto...
El Rito, la Regla, la Tradición de tantos y tantos años haciendo su Estación de Penitencia que, probablemente, la iniciara su padre y que él ahora, con orgullo, la sigue manteniendo.
Baja las escaleras de su casa y ya en el portal se coloca el antifaz y silenciosamente marcha por el camino más corto hacia la Iglesia Conventual de San Francisco. Durante el trayecto medita todas aquellas vivencias acaecidas durante el año: el Quinario, el Tríduo, los ratos de convivencia, los montajes... en resumen... la palabra HERMANDAD .
En un momento del trayecto oye los sones de una marcha. Posiblemente sea alguno de los pasos de la Hermandad de El Prendimiento que, por la hora, discurre por las calles aledañas al convento franciscano. El joven cofrade desearía verlo... pero no, va meditando y lleva el hábito de su Hermandad, por lo que ha de modificar el itinerario de llegada a la Iglesia. |